5/03/2017

Las rosas tienen espinas

Es verdad que se sufre, pero aun así... ¡hay cosas bellas para disfrutar en esta vida!

Adolfo Miranda Sáenz



A veces nos fijamos solo en las cosas tristes y dolorosas que tiene la vida y quizá por costumbre y rutina no apreciamos los inmensos tesoros que tenemos. No son las  fortunas materiales, el dinero, sino aquellas cosas cuyo valor no puede pagarse con ninguna fortuna por grande que sea. Estamos acostumbrados a vivir y por eso a veces no apreciamos el inmenso tesoro que es la vida misma. ¿Cuántos reos condenados a muerte luchan hasta el último segundo para conmutar su pena por una cadena perpetua? ¡Prefieren pasar toda la vida en prisión con tal de vivir! Muchos enfermos terminales estarían dispuestos a pagar mucho por un año o unos meses más de vida. Un padre o una madre estarían dispuestos a dar su propia vida para salvar la de un hijo. ¿Cuánto vale la vida? ¡No tiene precio! Por eso, apreciemos tener el tesoro de vivir y apreciemos la vida de nuestros seres queridos. La vida es bella aún con sus problemas y por eso nadie en sus cabales quiere morir, ni siquiera aquellos que creemos en una vida mejor después de ésta, como quien no desea abandonar la comodidad de su sillón viendo su programa favorito aunque lo espere un delicioso banquete.

Si tenemos ojos para ver, oídos para escuchar, piernas para andar, manos para tocar, olfato para oler y boca para gustar, pensemos en lo dichosos que somos pues muchos carecen de algunos de estos sentidos. Pensemos en la belleza de los paisajes, la belleza del ser humano, del sol, la luna y las estrellas, de todo cuanto disfrutamos con nuestra vista. Pensemos en la maravillosa música que podemos escuchar, en la voz de nuestros familiares y amigos, en los sonidos del campo, el rumor del oleaje del mar y del transitar de los ríos. Pensemos en el perfume de las flores, en el olor de los alimentos y el sabor de las comidas que podemos gustar. Pensemos en la facultad de caminar y en las caricias que podemos dar con nuestras manos. ¡Cuántos tesoros maravillosos tenemos para disfrutar con nuestros sentidos! Pero por costumbre y rutina a veces no caemos en la cuenta de estas maravillas.

¿Y qué decir del amor? El amor de un padre o una madre es invaluable. El amor de los hijos, nietos, hermanos. El abrazo inocente de los niños. Sus sonrisas. Un buen esposo o una buena esposa a nuestro lado. El placer sexual. Tener amigos que nos aprecian. ¡Son tesoros inmensos! ¿Y el valor de las cosas sencillas, de las cosas simples de la vida? Disfrutar de un café con nuestra familia en un hogar donde reine la  paz. Tomar un refresco bien helado en un caluroso día al hacer una pausa en nuestro trajín diario. Contemplar la puesta del sol junto a la persona amada. Dormir plácidamente con la conciencia tranquila por el deber cumplido y el bien realizado. Un momento de intimidad con Dios en el silencio de una oración. ¡No tienen precio!

Es verdad. La vida nos trae a veces tristezas y dolor, así como las rosas tienen espinas. Las rosas por tener espinas no pierden su fragancia, su color, su hermosura. Tampoco la vida deja de ser bella a pesar de los momentos tristes o dolorosos. Todos pasamos por problemas, preocupaciones, decepciones, enfermedades, dolor, tristeza. Pero finalmente todo pasa. Siempre pasa. La vida sigue y no por tener espinas deja de ser linda. El dinero es útil, pero no importa no tener mucho, la felicidad no se compra con dinero pues los mejores tesoros que tenemos valen más que todo el oro del mundo. Valen muchísimo. Son demasiado caros. ¡Pero Dios nos los da gratis! ¿Se lo agradecemos?