5/23/2017

Mi experiencia en Fátima

Acudí al Santuario como turista, sin creer en la aparición, pero algo extraño me sucedió.

Adolfo Miranda Sáenz



Hace varios años mi esposa y yo estuvimos en el Santuario de Fátima (Portugal) como parte de un viaje en autobús que saliendo de Madrid nos llevó a varias ciudades de Europa. No fue una peregrinación religiosa, era un viaje de turismo. El autobús hizo parada en el santuario, pero yo era escéptico sobre la aparición de la Virgen en Fátima. No se escandalicen por eso pues nuestra Iglesia Católica no nos pide creer obligatoriamente en las apariciones de ángeles, santos, de la Santísima Virgen María o de Nuestro Señor Jesucristo. Nuestra Iglesia Católica llama a esas apariciones y mensajes “revelaciones privadas” y aunque después de minuciosos y largos estudios reconoce algunas -muy pocas por cierto- como la de Fátima, considerándolas provechosas para acercarnos a Dios, no nos obliga a creer en ellas pues no forman parte del conjunto de verdades reveladas contenidas en La Biblia y la Tradición Apostólica que constituyen el “Depositum fidei” (Depósito de la fe) confiado por los apóstoles a la Iglesia y que contiene todo lo que debemos creer. Así  nos enseña muy claramente el Catecismo de la Iglesia Católica, números 65 al 67 y 80 al 90.

Bajé, pues, del autobús para visitar el Santuario de Fátima sin creer en la aparición. Mi esposa y yo ingresamos al complejo formado por varios edificios y monumentos relacionados con las apariciones de la Virgen a los 3 pastorcitos. Al ingresar nos encontramos en una gran plaza sobresaliendo en un extremo la alta torre del campanario de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario; a un lado estaba la Capilla de las Apariciones y la inmensa “fogata” formada por centenares, o quizá miles, de velas encendidas colocadas por los devotos; en el otro extremo se veía la Casa de Retiro Nuestra Señora del Carmen; y en el centro de la plaza, sobre una fuente, la imagen de Jesús en la advocación del Sagrado Corazón. Caminé con curiosidad hasta el centro de la plaza, junto a la fuente. Entonces me sucedió algo inesperado y extraordinario. Mientras desde allí echaba una mirada curiosa al complejo empecé a sentir “algo” indescriptible con palabras. Trataré de explicarlo como mejor pueda.

Empecé sintiendo que de pronto me invadía una profunda tranquilidad, serenidad, paz. Luego experimenté, junto a aquella paz, un sentimiento de inmensa reverencia; percibí a mi alrededor y sobre mí una “fuerza poderosa” que me producía un “temor reverente”. A aquella paz y “temor reverente” se sumó un profundo gozo, una felicidad que no puedo describir pues no hay palabras para explicarlo. Entendí que estaba en un “lugar santo” porque para entonces era muy clara la “presencia de Dios” de una manera “asombrosamente sensible”. Yo podía “sentir” en aquel momento la presencia de Dios de manera clara, evidente. Traté de racionalizarlo: el ambiente, la ocasión, lo imponente del lugar, la fe de la gente… Pero ninguna justificación racional puede explicarlo. Aquello que “sentí” se mantuvo durante más de una hora, mientras duró la visita que me resultó demasiado corta, pero así estaba programada. Yo sé lo que sentí y eso no tiene ninguna explicación más que la de “estar en presencia de Dios en un lugar santo”. Visité la Capilla de las Apariciones y la Basílica donde cerca del Altar Mayor están las sepulturas de los pastorcitos. Me arrodillé frente a Jesús Sacramentado y la imagen de la Santísima Virgen María. A mis sentimientos antes descritos se sumó sentir la dulzura que un niño pequeño percibe cuando recibe el tierno abrazo de su madre. Así fue. Ahora estoy absolutamente seguro que allí en Fátima apareció la Virgen. Aquel día yo, en Fátima, junto a Jesús, la sentí a mi lado. 

¿Por qué esos “sentimientos” no los sentí igual en los Santos Lugares: Belén, Nazaret, Jerusalén… y en algunas otras ocasiones especiales? ¿O en cada visita a Jesús Sacramentado? No lo sé. Me lo he preguntado siempre y lo único que se me ocurre es que en estas ocasiones yo estaba o estoy en espíritu de oración, con devoción, con reverencia, con fé, consciente de la presencia de Dios. En Fátima, en cambio, yo llegué escéptico, con ánimo de turista y no con fervor cristiano. Jesús se encargó de corregir mi actitud para regalarme aquel encuentro especial con Él y con nuestra Madre.