EL SISTEMA ELECTORAL DE EE.UU. NO ES DEMOCRÁTICO

Adolfo Miranda Sáenz



Si consideramos como democrático un sistema electoral en el que los gobernantes son electos por la mayoría de votos de los ciudadanos, el sistema de EE.UU. no es democrático en la elección de presidente, senadores y diputados (representantes). Quien gana la mayoría de votos no resulta necesariamente el “presidente electo”. Sucedió con Al Gore vs Bush hijo y ahora con Clinton vs Trump. Clinton obtuvo más de 1.5 millones de votos más que Trump (Associated Press 20/Nov/2016, publicado en ABC News).

En EE.UU. no se vota directamente por el presidente, sino por miembros de un colegio electoral. Los candidatos al colegio electoral por cada Estado van en la boleta bajo el nombre del candidato presidencial por el cual esos electores votarán. El sistema sería correcto si en cada Estado se eligiera un número de electores proporcional a su población, pero no es así. Por ejemplo, Wyoming tiene 500 mil habitantes y 3 votos electorales, o sea que cada voto electoral representa 166 mil habitantes; en cambio, California tiene 34 millones de habitantes y 55 votos electorales, o sea que cada voto electoral representa a 600 mil habitantes.  De esa manera el voto de un ciudadano de California vale 4 veces menos que el de un ciudadano de Wyoming. Es decir, no todos los “ciudadanos americanos” son iguales, pues el voto de unos vale más que el de otros. Peor todavía, los votos electorales de cada Estado no se distribuyen proporcionalmente según los votos populares que obtiene cada candidato presidencial, sino que –excepto en los Estados de Maine y Nebraska– el que obtiene más votos populares se lleva absolutamente todos los votos electorales del Estado.

Este sistema pudo haber servido al inicio de EE.UU. para mantener la unidad por la fragilidad de su federación y los recelos entre los Estados, pero eso fue hace dos siglos. Que se trate de una “federación” no justifica la desproporción del sistema, pues los Estados Unidos Mexicanos y la República Federativa de Brasil son igualmente federaciones, y el voto para presidente es directo e igual para todos sus ciudadanos. En países europeos cuya unidad es más frágil que la de EE.UU., como España o el Reino Unido donde incluso hay movimientos separatistas, los votos de los ciudadanos valen todos iguales. Para elegir su “colegio electoral” (en estos casos el Congreso de los Diputados que elige al Presidente de España, o la Cámara de los Comunes que elige al Primer Ministro del Reino Unido) se hace guardando la proporcionalidad. Vale lo mismo el voto del ciudadano catalán que el del castellano o andaluz, y el del escocés que el del inglés o galés. Todos los ciudadanos son  iguales pues su voto cuenta igual, contrario a lo que sucede en EE.UU.

Pero además, el Congreso de EE.UU. no representa democráticamente a su pueblo porque la Cámara de Representantes (diputados) tiene 435 miembros que representan “distritos congresales” creados considerando un distrito por cada 30 mil habitantes, según la Reapportionment Act de 1929. Pero en 1929 (hace 87 años) EE.UU. tenía 130 millones de habitantes y ahora tiene 330 millones, se han triplicado y redistribuido; unos distritos hoy están despoblados y otros superpoblados. Cada diputado ya no representa al mismo número de ciudadanos. Unos representan a miles y otros a millones.  Peor es el caso de los senadores que son 100 en total, 2 por cada Estado. A Nueva York con 20 millones de habitantes lo representa un senador por cada 10 millones, mientras que a Vermont con 600 mil habitantes lo representa un senador por cada 300 mil. En el Senado el voto de un senador que representa a 10 millones vale lo mismo que el de otro que representa a 600 mil. Esa desproporción no se da en las prestigiosas democracias de Europa, Canadá o Australia, por ejemplo. Ni en algunas democracias latinoamericanas cuya efectividad no se discute, como las de Uruguay, Colombia o Costa Rica, para mencionar tres.

Que el sistema de EE.UU. tenga muchísimo tiempo de funcionar así y que los ciudadanos de ese país se hayan sometido a esas “reglas del juego” no significa que sea bueno ni democrático. Menos podemos considerarlo “un modelo de democracia” para otros países. Pero el ciudadano estadounidense promedio ni siquiera conoce bien los datos aquí explicados ni le interesan: desde niño así se lo enseñaron en la escuela elemental y le dijeron que era el mejor sistema del mundo -como le dijeron sobre todo lo de EE.UU.- y ellos se lo creen sin cuestionamientos,  y así votan los pocos que lo hacen; porque EE.UU. tiene una abstención mayor al 50%, con excepción de la elección que ganó Obama en 2012 cuando votó un 52.6%.  Lo normal es que la mayoría no vota y quizá por eso se someten al sistema sin preocuparse de si es o no democrático.

Que un sistema “funcione” y la mayoría no lo cuestione no lo convierte en una democracia. Hay países con monarquías absolutas que los súbditos no las cuestionan ni quieren cambiar, pero no vamos a decir por eso que sean sistemas democráticos. Los jordanos pueden sentirse felices con su rey o los de Dubái con su emir, pero no vamos a decir que una monarquía absoluta o un emirato sean democracias, por bien que “funcione” el gobierno y lo a gusto que esté su gente.

En todo caso, en EE.UU. no todos aceptan el sistema. Aunque entre los estadounidenses hay mucho desconocimiento de la política nacional y más todavía de la política internacional, hay algunas personas entre las de mayor nivel cultural y mejor conocimiento de la política que hacen oír –cada vez más- sus voces de protesta contra un sistema electoral que no refleja la verdadera voluntad popular ni sostiene realmente a una “democracia representativa”. Un sistema que fue superado por la historia y por el censo de población, que hoy por hoy no es democrático y que harían muy bien en reformarlo y actualizarlo.