ANÁLISIS DE LA SITUACIÓN POLÍTICA, SOCIAL Y ECONÓMICA DE NICARAGUA

MIRADA DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS SOBRE LA REALIDAD NICARAGÜENSE
Exposición durante la XI Asamblea de Pastoral Arquidiocesana
Arquidiócesis de Managua (Nicaragua)
24 de octubre de 2016

Adolfo Miranda Sáenz



Su Eminencia Cardenal Leopoldo Brenes,
Su Excelencia Monseñor Silvio Báez,
Reverendos Padres,
Hermanos y Hermanas Religiosos y Laicos:

Estamos aquí reunidos celebrando una Asamblea de Pastoral porque somos discípulos del Señor y queremos ser Misioneros de su Evangelio en el mundo. Como nos dice el “Documento Conclusivo de Aparecida”: “La alegría que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de Dios encarnado y redentor, deseamos que llegue a todos los hombres y mujeres heridos por las adversidades; deseamos que la alegría de la buena noticia del Reino de Dios, de Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, llegue a todos cuantos yacen al borde del camino, pidiendo limosna y compasión (cf. Lc 10, 29-37; 18, 25-43). La alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” (No. 29)

La Iglesia pone en marcha su labor pastoral para formar discípulos misioneros, para evangelizar, para dar a conocer a Jesucristo por medio de nuestras palabras y nuestras obras. Más que predicar una doctrina nosotros evangelizamos compartiendo el gozo de conocer al Señor con la alegría que nos capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Esta misión evangelizadora, inherente a todo trabajo pastoral, se muestra, quizá, más evidente cuando hablamos a otros del Evangelio o realizamos obras de misericordia. Pero el trabajo pastoral implica también otras tareas que están orientadas al mismo fin evangelizador, no siempre de una manera directa, pero no por eso menos importantes.

Hoy estamos aquí porque queremos ser discípulos misioneros y compartir la alegría de nuestro encuentro con Jesucristo en las diferentes tareas pastorales para las cuales a cada uno de nosotros Dios nos ha llamado, según nuestra responsabilidad, vocación y carisma.  Y –como nos dice Aparecida- este anuncio del Evangelio del amor de Dios debemos llevarlo “a todos los hombres y las mujeres.”

La Iglesia tiene una dimensión universal y su misión es presentar al Señor a “todos los hombres y las mujeres” del mundo. Así lo hace el Santo Padre Francisco como “pastor universal”. Así lo hacen los Obispos reunidos en Sínodos y Concilios. Pero la Iglesia tiene también una visión pastoral específica enfocada en cada zona del mundo donde se viven realidades diferentes. Por eso nuestros Obispos de América Latina y El Caribe nos dan líneas pastorales concretas para nuestro continente, y cada Conferencia Episcopal y cada Obispo en su Diócesis trabaja pastoralmente con los sacerdotes, religiosos y laicos en la realidad concreta donde Dios ha puesto a  cada porción de su pueblo.

Aparecida nos llama a mirar esa realidad y dedica a esto el Capítulo 2 del Documento Conclusivo titulado “Mirada de los discípulos misioneros sobre la realidad”. Porque para ser efectivos discípulos misioneros debemos conocer el terreno donde estamos, la realidad del mundo que nos rodea. En nuestro caso tenemos que mirar cuál es la realidad en que vivimos los nicaragüenses para presentar adecuadamente a Jesucristo a los hombres y las mujeres de Nicaragua y particularmente de nuestra arquidiócesis.  Debemos mirar a nuestro pueblo, saber qué lo alegra y qué lo entristece, qué problemas enfrenta, cómo piensa y actúa en la vida, cuáles son sus intereses, cuál es su historia, cómo es su realidad. Aparecida en el Capítulo 2 nos llama a conocer la situación sociocultural, la situación económica, la dimensión socio-política, para que mirando esa realidad podamos comprender mejor la misión de nuestra Iglesia que peregrina aquí y ahora, en nuestra Arquidiócesis de Managua.

No pretendo compartir un análisis completo de la realidad social, económica y política de Nicaragua en estos pocos minutos. Pero sí compartir algunos datos, alguna información y finalmente algunas orientaciones que al respecto nos da el Magisterio de la Iglesia.

En 1972 Nicaragua sufrió un terremoto que destruyó Managua causando 10 mil muertos. Se destruyó casi toda la estructura de gobierno y el 80% del comercio e industria del país que estaba concentrado en la capital. Fue una catástrofe de grandes proporciones. Estábamos tratando de reponernos de aquel cataclismo cuando dos guerras seguidas causaron 65 mil muertos (sumando 25 mil combatientes y 40 mil civiles) más 150 mil heridos y mutilados. Primero fue la revolución sandinista para derrocar a Somoza y después la guerra de la resistencia contra los sandinistas. Ambas guerras paralizaron la economía del país. Fueron años horribles, de muerte, de mucho dolor, de separación de las familias, de odio, y causa de una gran miseria: la peor hambre de nuestra historia.

En 1989 se firmó la paz entre el gobierno sandinista y la resistencia o contras. Terminó la guerra y el país desde entonces ha venido levantando su economía poco a poco. En los últimos años, según el Fondo Monetario Internacional, ha habido un crecimiento anual sostenido de entre 4 y 5% anual, el más alto de Centroamérica y uno de los más altos de Latinoamérica y El Caribe. Sin embargo, seguimos siendo un país muy empobrecido y las buenas cifras macroeconómicas logradas todavía no han llegado a superar las grandes carencias y desigualdades que sufren los pobres en Nicaragua.

Según un estudio de la Organización Internacional del Trabajo realizado el año 2015 y de acuerdo a un análisis del economista Néstor Avendaño, Nicaragua tiene 6.200.000 habitantes, de los cuales 3.900.000 están en edad de trabajar. La población ocupada, empleada o que está trabajando es de 2.700.000; es decir, tenemos una tasa de desempleo del 30%. Hay 1.200.000 nicaragüenses desempleados en edad de trabajar. Pero del total de ocupados el 50% son subempleados porque trabajan menos de 40 horas semanales o devengan un salario menor que el salario mínimo.  En resumen hay 30% de desempleados, 35% de subempleados y solo 35% con pleno empleo en nuestro país.

Una persona está en situación de pobreza cuando sus ingresos no cubren las necesidades que incluyen la canasta básica de alimentos. Según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en Nicaragua ha venido disminuyendo la pobreza, pero aún es pobre el 42% de la población que –como dijimos- es de 6.200.000 habitantes, o sea que tenemos 2.600.000 nicaragüenses pobres. Aparte de estas cifras, mi percepción es que muchos que no son “técnicamente” contabilizados como pobres, están cerca de serlo y no la pasan bien del todo. Esta pobreza, sobre todo en el campo, deviene en casos de desnutrición crónica, falta de  acceso a la atención de salud y falta de agua potable para casi un tercio de la población.

Pero hay mucha riqueza en el país. Hay personas muy ricas. Hay empresas grandes y grandes inversiones. Por ejemplo, según un estudio de OXFAM, en este país tan pequeño hay por lo menos 210 nicaragüenses con una fortuna igual o mayor de treinta millones de dólares cada una. Cada año se están vendiendo unos 20 mil vehículos nuevos en Managua, el 30% vehículos de lujo, y cada día se construyen más urbanizaciones con casas lujosas y edificios de apartamentos caros. O sea, que en Nicaragua tenemos mucha riqueza a la par de mucha pobreza con una brecha grande entre una y otra, es decir, tenemos una gran desigualdad económica y social.

Los cuatro asuntos que, según encuesta socioeconómica de M&R Consultores, preocupan a muestra población son: en primer lugar el empleo, en segundo lugar el costo de la canasta básica, en tercero el costo de los servicios (agua, luz, transporte) y en cuarto la seguridad ciudadana. Como se ve, a la inmensa mayoría de los nicaragüenses les preocupan temas que se relacionan con la situación económica personal y familiar.

En cuanto a la política hay todavía algunas heridas abiertas por los conflictos armados del pasado y por la polarización que vivió el país, pero poco a poco se han acortado las distancias entre las personas de diferentes ideologías y opciones políticas, y se logra una convivencia amistosa entre los nicaragüenses. Esto lo podemos corroborar con nuestra experiencia dentro de la vida de la Iglesia, tanto entre los sacerdotes como entre los fieles. Podemos ver cómo en nuestras parroquias se logra trabajar en armonía dentro de grupos políticamente heterogéneos; igual sucede dentro de los diferentes movimientos laicales. El tema político partidista no es un factor importante que incida en la convivencia eclesial, como lo fue hace unas décadas. Es más, cada vez parece importar menos.

Pienso que este fenómeno que vemos en la vida de la Iglesia seguramente es reflejo de lo que se vive a nivel nacional. El tema político partidista y la discusión alrededor de temas institucionales de la nación parece no importar mucho a la mayoría de las personas, e importa menos entre más joven es la población. A modo de broma me comentaba un amigo que entre personas de nuestra generación todavía se discute sobre sandinismo y anti sandinismo, pero que en las generaciones de nuestros hijos y nietos lo que se discute es sobre el Real Madrid y el Barza, sobre Cristiano Ronaldo y Messi. Por una parte esto es positivo pues despolariza a una sociedad que por mucho tiempo estuvo seriamente dividida, y por otra es un peligro de que se caiga en la indiferencia ante los temas políticos que a todos nos deben importar, como católicos y como ciudadanos.

La realidad de nuestra pobreza, lo que preocupa a la gente como es el empleo, la canasta básica, los servicios y la seguridad, son temas que no se perciben por muchos como temas políticos, pero sí lo son. La política trata del gobierno y la organización del Estado y afecta todos los asuntos de la sociedad en que vivimos, o sea del país.

La Iglesia en Nicaragua, y por supuesto en nuestra Arquidiócesis, acoge en su seno a personas de todo tipo de opciones políticas: hay católicos sandinistas y católicos opositores. Entre los opositores hay quienes optan por algún partido o candidato por quien van a votar en las elecciones, y hay quienes han optado por no votar. También hay quienes son totalmente indiferentes a todo asunto político. Algunas encuestas han dado porcentajes para cada sector, pero algunos creen en ellas y otros no.

Como católicos estamos llamados a conocer la realidad donde nos toca ser discípulos y misioneros. Pero no basta con conocer la realidad. Siguiendo la dinámica de Aparecida debemos ver, juzgar y actuar. (No. 19) Una auténtica fe nunca es cómoda ni individualista; siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este bellísimo país donde Dios nos ha puesto, con todos sus dramas, sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidad. Nicaragua es nuestro hogar donde todos somos hermanos y queremos tener un país con libertad, democracia, justicia social, progreso y bienestar para todos; y después de tanto sufrimiento por guerras que desgarraron nuestra nación, deseamos profundamente que reine la paz. Y la Iglesia no está al margen de todo esto. Como dice la Evangelii Gaudium: "Aunque el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política, la Iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia".  (No. 183)

La obligación de la Iglesia de participar en los asuntos morales  de la sociedad es un requisito de nuestra fe. Es una parte esencial de la misión que hemos recibido de Jesucristo. Y cuando se habla de moral católica se incluyen los aspectos políticos, económicos y sociales.

Lastimosamente, la política en nuestro país a veces se reduce a una lucha entre intereses de grupos, ataques entre los partidos, demagogia, sensacionalismo y ausencia de ética en los medios de comunicación. La Iglesia llama a un tipo diferente de participación política: una formada por las convicciones morales de conciencias bien formadas y enfocada en la dignidad de cada ser humano, en la búsqueda del bien común y la protección de los débiles y vulnerables. Como nos recuerda el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium: "La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!" (No. 205)

El papa Benedicto XVI en Deus Caritas Est dijo que “La Iglesia quiere servir a la formación de las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia (…)  (Pero) la Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. El deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos".  (No. 29).

Dice la Lumen Gentium  que “La Iglesia está dentro del mundo y actúa santificándolo por medio de los laicos.” (No. 34). Dice el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, “la responsabilidad de optar por una u otra opción política compete a cada laico según su conciencia, por su condición secular, su estado de vida y la índole secular de su vocación.” (No. 83)

La Conferencia Episcopal de Nicaragua en su Comunicado del 22 de agosto pasado nos dijo: “Invitamos a que cada ciudadano frente a este proceso electoral decida y actúe desde el interior de su conciencia, libremente y sin miedo a ningún tipo de coacción exterior. Cada quien debe reflexionar con seriedad para decidir lo que considere más justo y conveniente para el presente y el futuro del país. Los creyentes deben acompañar esta reflexión del necesario discernimiento espiritual en la oración buscando con honestidad la voluntad de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1777-1782). Votar es un derecho. La decisión de votar o no votar o la de votar por determinada opción debe ser tomada por cada persona desde el interior de su conciencia.”

Los obispos, sacerdotes y religiosos, como ciudadanos que son, también tienen derecho a votar o no votar, y votar por el candidato o partido que en conciencia les parezca el mejor. Pero son los laicos los que tienen la carga de la participación activa en política. Decidir las opciones políticas no es tarea fácil para un católico. Como dicen  los obispos de EE.UU. en su documento Formando la Conciencia para ser Ciudadanos Fieles: “No es posible encontrar en una sola opción política una posición que satisfaga plenamente todos nuestros principios y valores, pero estamos obligados a escoger aquella opción que libremente en conciencia consideremos que es la que mejor se identifica con ellos.”  En otras palabras, encontramos que cada opción política puede coincidir con algunos de nuestros principios y valores, pero no con todos. Entonces ejercemos nuestra libertad iluminada por la conciencia y escogemos la opción que, según nuestro criterio, consideremos mejor. Veremos siempre una pluralidad política entre los católicos en apoyo a uno u otro partido, candidato u opción. La Iglesia respeta, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “el derecho de actuar en conciencia y en libertad a fin de tomar personalmente las decisiones morales”. (No. 1782)

La enseñanza de nuestros últimos Papas ha identificado cuatro grandes principios de la doctrina social católica que deben ser nuestra guía para decidir con una conciencia bien formada: La dignidad de la persona humana, la Subsidiaridad, el Bien Común y la Solidaridad. No tenemos tiempo hoy de desarrollarlos en su riquísima extensión. Pero permítanme subrayar algunos aspectos relevantes de ellos:

1.     La dignidad de la persona humana

La vida humana es sagrada. Por eso defendemos la vida humana desde la concepción hasta la muerte y rechazamos, entre otros actos contra la vida, el aborto provocado, la eutanasia, la tortura, la guerra, el genocidio, el racismo, todo tipo de discriminación, la trata de personas,  la pena de muerte, la violencia doméstica y la venta indiscriminada de armas.

2.     La Subsidiaridad

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia dice que: “Es imposible promover la dignidad de la persona si no se cuidan la familia, los grupos, las asociaciones de tipo económico, social, cultural, deportivo, recreativo, profesional, político, a las que las personas dan vida espontáneamente y que hacen posible su efectivo crecimiento social.” (No. 185)

La familia nace de la unión de un hombre y una mujer, y  debe ser defendida y fortalecida, no redefinida, socavada o distorsionada. Los padres tienen el derecho y la responsabilidad de elegir la educación de sus hijos. Cada persona y asociación tiene el derecho y la obligación de participar activamente en la formación de la sociedad y de promover el bienestar de todas las personas, especialmente de los pobres y los vulnerables.

3.     El bien común

La Gaudium et Spes define el bien común como: "El conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a la sociedad y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección (…) El bien común se puede considerar como la dimensión social y comunitaria del bien moral.”  (Nos. 26 y 164)

La dignidad humana es respetada y el bien común promovido sólo si se protegen los derechos humanos.  Cada ser humano tiene derecho a la vida, a la libertad, al respeto a su integridad y dignidad,  a expresar su opinión, a tener acceso a aquellas cosas que requiere la dignidad humana, como alimento y vivienda, educación y trabajo, salud y recreación, y a vivir en una sociedad donde se respete el orden jurídico.  

Tenemos derecho a un medio ambiente sano y el deber de cuidar la creación de Dios, o como el papa Francisco se refiere a ella en Laudato Si, "nuestra casa común".

4.     La solidaridad

Se nos dice en la Sollicitudo Rei Socialis que “la solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más convencida…” La solidaridad debe captarse, ante todo, en su valor de principio social ordenador de las instituciones, según el cual las "estructuras de pecado que dominan las relaciones entre las personas y los pueblos, deben ser superadas.”  (Nos 36 y 37) (cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, Nos. 192-193).

Somos una sola familia humana, independientemente de nuestras diferencias políticas, sociales, raciales o culturales. Somos los cuidadores de nuestros hermanos y hermanas donde quiera que se encuentren. Amar a nuestro prójimo requiere de nosotros la búsqueda de soluciones a la pobreza y enfermedades que afectan a tantas personas. La solidaridad también incluye el llamado bíblico a acoger al forastero entre nosotros, lo cual incluye a los inmigrantes.  A la luz de la invitación del Evangelio de ser constructores de la paz, nuestro compromiso de solidaridad con nuestro prójimo también nos exige que promovamos la paz y busquemos la justicia en un mundo dañado por una violencia y conflictos terribles. Como enseñó el Beato Pablo VI: "Si quieres la paz, trabaja por la justicia". (Mensaje para la celebración de la Jornada de la Paz, 1 de enero de 1972).

Se debe dar un énfasis especial a la opción preferencial por los pobres. El Catecismo de la Iglesia Católica explica que: “Los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos.”  (No. 2448).

Estos cuatro principios y temas relacionados de la doctrina social católica ofrecen un marco moral que en su totalidad no encajan ni en las ideologías de la "derecha" ni en las de la "izquierda". Están más allá de las ideologías de los partidos políticos. Reflejan principios éticos fundamentales, pero cada ideología política acepta solo una parte de ellos y rechazan otras. Pero la Iglesia ilumina nuestra conciencia para que podamos decidir y optar por quien consideremos que mejor los asuma y defienda.

Hermanos y Hermanas,

Como discípulos y misioneros que queremos llevar a Jesucristo a los demás, hemos dado una mirada al campo donde vamos a ser labradores de Cristo en nuestra misión pastoral. Hemos dado una mirada a Nicaragua y a los nicaragüenses en su realidad socioeconómica y política.

El magisterio de la Iglesia nos da los elementos para tener una conciencia bien formada que nos permita juzgar los distintos aspectos de la realidad que vemos dentro de la sociedad humana donde vivimos.

En cuanto al actuar, vamos a planificar y a realizar nuestra misión pastoral con los pies en la tierra, conociendo el terreno donde sembraremos la semilla del Evangelio, llevando la alegría del encuentro con Jesucristo a nuestros hermanos y hermanas que viven dentro de la realidad social, económica y política de Nicaragua; una realidad que al mirarla y juzgarla según la doctrina social de la Iglesia, requiere ser transformada. Transformación en la cual la Iglesia participará con su trabajo pastoral y que se logrará en la medida que el encuentro con Jesucristo transforme los corazones.