Hemos comentado sobre la doctrina
social de la Iglesia y las riquezas. Es necesario hacernos ahora una pregunta
directa: ¿Las riquezas son malas? La respuesta es: depende.
Adolfo Miranda Sáenz
Jesús dijo que “es más fácil que
un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los
Cielos” (Mateo 19,23-26). El Apóstol Santiago escribió en su epístola: “¡Oigan
esto, ustedes los ricos! ¡Lloren y griten por las desgracias que van a sufrir!
Sus riquezas están podridas; sus ropas, comidas por la polilla. Su oro y su
plata se han enmohecido y ese moho será una prueba contra ustedes y los
destruirá como fuego” (Santiago 5,1-3).
¡Son textos muy duros! Pero, debemos
analizar ambos textos completos y otros textos bíblicos, para ver con claridad
cuál es el mensaje que Dios nos quiere dar. Jesús dijo que es “difícil”
salvarse para un rico; no dijo que fuera “imposible”. El Evangelio afirma que
lo que parece imposible, es posible para Dios.
El texto de Santiago explica
cuáles riquezas son las que están podridas y cuáles son los ricos que serían
destruidos, cuando afirma: “El pago que no les dieron a los hombres que
trabajaron en su cosecha, está clamando contra ustedes; y el Señor Todopoderoso
ha oído el reclamo de esos trabajadores”. “Ustedes han condenado y matado a los
inocentes sin que ellos opusieran resistencia” (Santiago 5,4-6).
Dios nos dice que es difícil que
los ricos se salven, pero no imposible; y que las riquezas obtenidas con
deshonestidad, injusticias, explotación, maldad… O sea, las riquezas mal
habidas, son malas, y los que así se enriquecen se condenan.
Muchos otros pasajes bíblicos lo
reafirman; por ejemplo: La parábola del pobre Lázaro y del rico que llamamos
Epulón (Lucas 16,19-31); las condenas a los que acaparan bienes excluyendo a
otros (Isaías 5,8-9); contra los que no pagan salario justo, las ganancias mal
habidas, la opresión y la explotación (Jeremías 22,13-17); sobre la opresión y
humillación de los pobres, la injusticia contra los humildes y la corrupción (Amós
2,6-8; 4,1-4).
Como todo, la riqueza es mala
cuando es mal adquirida y también si se usa mal aunque haya sido bien adquirida. ¿Cómo usar bien las riquezas? Algunas
personas dicen: “Yo hago con lo mío lo que quiero y no tengo por qué darle algo a
nadie si no quiero”. También dicen: “Mi dinero es mío y sólo es cosa mía lo que hago
con él”. ¡Eso no es cierto! Todo lo que existe —incluyendo nuestra vida misma—
es de Dios. Las riquezas en última instancia provienen de Dios. Somos
únicamente “administradores” de esta creación. ¡Y rendiremos cuentas a Dios! La
Biblia dice: “Al Señor tu Dios le pertenecen el Cielo, la Tierra y todo lo que
hay en ella” (Deuteronomio 10,14).
No es malo disfrutar de las
riquezas bien obtenidas, pero la palabra clave es “moderación”: lo necesario y
razonable, sin derroche. Aquí está “lo difícil” para la salvación de los ricos,
como dijo Jesús, porque es una fuerte tentación idolatrar el dinero asumiendo
que tener riquezas es el primer principio y el principal valor en la vida. Así pueden
caer en lo contrario a la “moderación” cometiendo “pecados capitales” como la soberbia
(que implica altivez, ostentación, vanidad y exhibicionismo), la lujuria (en
cuanto lujos exagerados) o la avaricia.
San Pablo en su primera epístola
a Timoteo dice: “Los que desean ser ricos se exponen a la tentación, caen en la
trampa de innumerables ambiciones, y cometen errores fatales que los precipitan
al desastre y condenación. Porque el amor al dinero es la raíz de todos los
males, y por eso algunos perdieron la fe y se ocasionaron terribles
sufrimientos (1Timoteo 6,9-10). Y agrega: “A los ricos de este mundo,
recomiéndales que no sean orgullosos. Que no pongan su confianza en la
inseguridad de las riquezas, sino en Dios, que nos provee de todas las cosas en
abundancia a fin de que las disfrutemos” (1Timoteo 6,17).
También Jesús nos dice que
seremos juzgados por cómo ayudemos al prójimo según nuestros recursos,
interesándonos porque coman los que pasan hambre, que tengan agua los que no
acceden al agua potable, sean alojados los migrantes rechazados, obtengan bienes
los que no tienen ni para vestirse, sean atendidos los enfermos, los que sufren
cárcel… En fin, los pobres y necesitados. Porque lo que hagamos por ellos lo hacemos
por Jesús. Si no lo hacemos, no tendremos lugar en el Reino de los Cielos. ¡Esto
lo dejó Jesús muy claro! (cf. Mateo 25:35-40).
Las riquezas pueden ser buenas o
malas. Todo depende del amor. Quien ama a Dios tiene que amar al prójimo. Lo contrario al amor no es el odio, sino la indiferencia. ¡Si
un rico ama al prójimo y se preocupa por los pobres y necesitados, utilizará,
no las migajas sobrantes, sino buena parte de sus bienes para atender las necesidades
del prójimo.
No se trata de caer en el
asistencialismo paternalista. No es malo hacer caridades, pero es mejor crear fuentes de empleos dignos
o proporcionar herramientas para que los
pobres salgan de su pobreza con su trabajo dignamente y los necesitados puedan
resolver sus necesidades. San Juan XXIII dijo: “Quien da un pescado da de comer
un día, quien enseña a pescar da de comer toda la vida”.
No se debe olvidar la necesidad de aportar a la
atención social por vía del Estado (por ejemplo, por medio del pago justo de
los impuestos) para atender las necesidades básicas de todos, como la salud y
la educación.